Monday, January 30, 2012

¡Hazme el amor, puercoespín!


     Pasaron algunas noches, unas once mil quinientas cincuenta y cinco para no ser tan inexacta. Toda una vida feliz. ¡Feliz! ¿FELIZ? Un día desperté y cuestioné como nunca mi felicidad. Aquella  mañana, sin pensarlo, y así de básica como cualquier otra de mi especie, comencé a relacionar felicidad con el número de ex-novios, parejas, amantes, y en fin, con todo aquello con lo que Disney y Hollywood nos adoctrinaron en relación al amor. ¡Amor! (suspiros) ¡AMOR!
 Amor; expresión, sustantivo, adjetivo, interés, mentira, verdad, ciencia, ley, costumbre, instigación, imitación… “Es amor si te escribe durante todo el día”; “Te ama si te presenta con su familia”; “ Siempre te dará la razón en todo, si te ama”; “Si prefiere jugar al play con sus amigos antes que estar contigo, no te ama”… Amor: manual de convivencia, guía de instrucciones, tutorial de actuación, protocolo de costumbres, instructivo de cómo ser y qué decir. Eso, al menos en este siglo, es el amor. Son tantas las reglas para amar que ya deberían normarse constitucionalmente. Entonces jamás estuve en mayor desacuerdo con la frase “hacer el amor” con la que la mayoría se refiere al sexo, nunca antes, como hasta ese momento. El sexo, algo tan real y sublime como para compararlo con amor, que no es más que una conducta prefabricada que dura hasta que el primero logra recobrar el conocimiento y entonces agoniza aquel estado de ánimo mutuo. El sexo, censurado y discriminado por muchos, el sexo, que es la forma más auténtica y real de demostrar amor, amor de verdad, es decir, el amor propio, y es que el amor comienza por una misma, y quien deja de ‘ser’ a cambio de aprobación, simplemente no se ama, y si una no se ama a sí misma, ¡qué diablos se puede saber de lo que es sentir amor hacia alguien más!
     Escuché que las personas menos inteligentes manejan mucho mejor sus emociones por el hecho de que no piensan tanto. Me pareció muy poco ortodoxo y hasta irracional; por unos segundos hasta me sentí ofendida; soy de las que piensa hasta dormida. Pero luego fui víctima del mayor de mis defectos,  ese cruel exceso de objetividad con el que suelo ver las cosas, y no me tocó más que asumir que aquella creencia era lo más real que se había podido aseverar. Por supuesto que para llegar a entender y asumir que aquello era así de cierto, ya con cierta antelación se habían visto amenazados muchos de mis esquemas perfectos; de hecho no sólo amenazados sino derribados por completo a causa de aquel espejo de una sola faz ante el cual me puso algo llamado destino o atino. No sabía.
     Siempre sentí atracción por lo opuesto, tal vez porque siempre había luchado contracorriente, y porque, bueno, ya era más que suficiente soportarme a mí misma. Siempre le daba al mundo la peor parte de mí, y no por ser diferente sino por convicción, “así soy y no hay nada peor con lo que puedas encontrarte”. Bien, creo que sí hay algo de rebeldía en esa actitud, pero en fin, también es parte de lo que soy. Irónica, sarcástica, ácida, perfeccionista, temática, incrédula, obsesionada con el orden y un poco burlista. Lo suficiente. Pero sin duda el peor de mis defectos: ser una eterna fugitiva de la tristeza y por ende de todo lo que para mí significase una amenaza en contra de mi alegría. Así me mostré, tal cual, como siempre, yo en toda la expresión de mi ser. ¿Lo peor?, mis espinas no hirieron, por el contario, parecían encantar, y muy a pesar de poner mis barreras, de construir muros, de huir en defensa propia, de negarme a lo que parecía ser lo que yo sentía o al menos creía que era, no pude evitarlo, no por mucho tiempo. Aquel sujeto, lograba tocarme con palabras, me estremecía sin tan siquiera rozarme, leía mi mente sin que yo dijese una sola palabra, me sabía a la perfección sin ni siquiera haberme conocido. Y es que precisamente, sí me conocía, así, tan irreal como cierto, me conocía sin haberme visto por primera vez, tenía un mapa de mi vida; no sé cómo pero él sabía qué decir y cómo hacerlo. Era mi igual, incluso con todo y sus espinas, tan afiladas y punzantes como las mías; de hecho, creo que hasta un poco más penetrantes y cortantes, y justo eso era de lo que más yo disfrutaba. Y de pronto, así sin más, toda aquella convicción de que el amor y el sexo no deben ser confundidos cambió, como todo en mí con él, todo aquello de lo que yo más estaba convencida; y es que de repente ya no sabía qué era el sexo, porque es que él me desnudaba y me tocaba estando al otro lado de la ciudad; ya tampoco sabía qué era amor, porque de un día para otro todo lo que odiaba ahora me hacía suspirar. Y fue así entonces, cómo de una noche a otra sólo le pedía, sin pronunciar palabra alguna: ¡Hazme el amor, puercoespín!

No comments:

Post a Comment